La casaca azul en Buenos Aires

LA CASACA AZUL DE BUENOS AIRES

Como cualquier pibe de diez años, fanático del fútbol, mis ojos estaban encantados, podía pasar mil horas en ese local al que acababa de entrar con mi viejo, mirando camiseta por camiseta, cada detalle, firma por firma en todas ellas. Peñarol, Nacional, Banfield, Lanús, Temperley, algunos más que no reconocía porque eran “del ascenso”, según explicaba papá. “Son torneos de AFA también”, decía, y yo entendía así que eran de importancia. No recuerdo tanto el lugar ni quien nos atendió, tampoco tengo en mi mente tan claras las remeras, pero me acuerdo de una sensación: ese era un mundo al que quería pertenecer, un mundo que me atraía. Como muchos otros chicos de mi edad, quería jugar al fútbol, que ese fuera mi trabajo, ¿qué podía ser mejor a que te pagaran por jugar a la pelota?
   No se trataba ese de un local común, de eso me di cuenta rápidamente. En el camino, Terry ya me había explicado que íbamos a comprar un juego de camisetas para un club de fútbol en una fábrica que hacía equipos para clubes de primera y por eso, claro, no me lo quise perder. “¿Un juego completo, para un plantel entero?” Increíble. Mi fanatismo por acumular camisetas de todos los cuadros y países se veía tremendamente alborotado ante semejante transacción. “¿Y la puedo elegir yo? ¿Puedo elegir los colores? ¿El modelo? Tiene que ser roja y blanca, como la de Independiente… a lo sumo al revés, pero los colores son esos”, aseguré. Enseguida se me pinchó la idea: “No, tiene que ser sí o sí azul y blanca, eso no se negocia”, me advirtieron. “Estas camisetas son un regalo para el club de mi pueblo”, agregó orgulloso. Mi cara se había transformado de la duda al enojo, ceño fruncido: “¿¿¿Como la de Racing??? No podía ser posible. “No, como la de Racing no, toda azul, y azul Francia, no celeste, un azul bien brillante, bien llamativo, se tiene que ver desde lejos, y un cuello bien blanco, con vivos en las mangas también… Sí, así tiene que ser”, cerró convencido, como si ya la estuviera viendo, o capaz recordando. Caí en la cuenta de que no me quedaba ya mucha intervención así que me tuve que conformar con que no fuera como la de Racing, pero sobretodo con la promesa de que en el juego de 18 se iban a pedir dos camisetas extras: una para mí con la 11, mi número preferido por ese entonces, y otra para mi mejor amigo con la 10, porque a los 10 años a tu mejor amigo lo querés incluir en todo. Por aquel entonces, el que yo tenía quería ser enganche.
   Las semanas de espera luego de hecho el pedido me llenaban de ansiedad. Quería ir a buscarlas, abrir la caja, revisarlas una por una, probarme la mía, ir al club de a la vuelta de mi casa a mostrarla con orgullo, aunque nadie fuera a saber de qué se trataba lo que llevaba puesto. Finalmente llegó la caja, llegó mi camiseta, recuerdo con nitidez la emoción de abrir un paquete con esa cantidad de remeras de fútbol. Era la gloria.
   La mala noticia, luego de revolver y revolver sobre esas baldosas anaranjadas del living, en la entrada de nuestra casa en Sarandí, fue que eran todas de talle único. ¡Incluyendo la 11 extra que me correspondía! Quizá me enojé un rato, no sé, pero si sé que me la puse igual, salí corriendo para el patio a buscar una de las diez pelotas que tendría en ese momento y entré a correr como si fuera el wing izquierdo del equipo del pueblo. Mientras la llevaba por la banda con la zurda, relataba las jugadas escuchando dentro mí el tono y ritmo de Victor Hugo Morales, de a ratos el de Marcelo Araujo, algún comentario de Macaya. Los centros retumbaban en la pared de ladrillo visto que daba a mi cuarto, trozos de polvo rojizo caían sobre el pasto, descascarando el arco visitante que incontables veces se veía batido por goles memorables que cuatrocientos habitantes azules gritaban desaforados, larguísimos bocinazos llegaban desde atrás de los arcos, repletos de coches y mateadas. Mil pelotas en el palo, casi golazos, reventaban una y otra vez la bombita de luz que iluminaba el estadio, ahí justo debajo de donde terminaba el techo de teja, colgando de un cablecito. Más de un partido terminó suspendido y todos a casa, por falta de un mísero repuesto, ¿será posible? Las situaciones desperdiciadas, que pasaban cerquita a la izquierda del arquero rival, generalmente daban en el mosquitero de la puerta de aluminio del patio y se convertían en un grito furioso de mi vieja, y en el lamento de varios hinchas de la platea que se agarraban la cabeza con vehemencia y se miraban incrédulos entre sí. Así pasaron mil tardes, mil noches, mil domingos felices: corriendo en el patio de mi casa, vestido de azul eléctrico con una remera que me iba por la rodilla, festejando mil campeonatos ganados, sufriendo algunas derrotas inesperadas, inmerecidas o injustas, seguramente, mil días de mi infancia los pasé jugando para el Club de mi viejo, jugando para La Agraciada.

El coleccionista de miradas

Como casi todas las tardes, el loco del barrio salió a caminar en busca de engrosar su colección de dispositivos electrónicos callejeros. Los apilaba desde hacía un mes en el cuarto que había sido de su madre ya que el patio trasero, el delantero y el living se encontraban totalmente llenos.

Arrancaba siempre por las mismas calles y luego variaba la ruta para rastrillar mejor el terreno. Pasando la primera cuadra estaban los chicos que solían juntarse con sus bicis en la puerta de la casa de uno del grupo, tenían entre ocho y doce años, como mucho. Lo observaban como a algo raro, solían señalarlo o golpearse con los codos cuando lo veían acercarse. En la siguiente esquina paraban unos pibes a tomar birra y fumar, a veces eran quince, a veces tres. Su reacción a él era distinta: buscaban mostrarse indiferentes pero de reojo lo miraban y cada tanto soltaban alguna cargada. Un día, media cuadra después de pasar a la bandita divisó algo interesante y se le iluminó la cara. Comenzó  a trotar, entusiasmado, para llegar hasta una caja cuadrada, negra: “Aiwa”, se leía en dorado. Esta está perfecta, casi sin un rasguño, ideal para poner a la vista, arriba de todas las de la marca, pensó mientras la ponía en el chango de supermercado. Comenzó a empujar nuevamente el carrito mientras veía a la señora que solía salir a baldear la vereda a esa hora, ella lo miraba despectivamente una vez más, con ojos de desaprobación, como acusándolo de haber desperdiciado su vida, de no serle útil a nadie. Notó todo, sintió todo, pero enseguida volvió a ponerse contento por el trofeo y lo olvidó mientras se puso a caminar nuevamente en búsqueda de mantener la buena racha. Unas casas más adelante vio a la mujer que regaba las plantas de su jardín casi a diario. Qué hacés, Rubén, dijo, y siguió con lo suyo dejándolo con la misma sensación de compasión que le producía ese saludo siempre, como con lástima, simulando empatía.

Rubén no expresaba reacción alguna a nada, ensimismado, solo posaba la vista en los demás algunos segundos y seguía en su búsqueda de inmediato, pero en el fondo gran parte de su caminata diaria era alimentada por esas primeras cuadras que repetía metódicamente, vereda por vereda, baldosa por baldosa, esas cuadras en las que semblanteaba el panorama barrial, donde conocía todo: lo que ahí había, lo que ocurría, lo que conformaba el paisaje, lo que animaba el día a día. Por más poco que fuera, por más mínimo, ahí él influía, generaba reacciones, era parte.

Al llegar a su casa con el nuevo botín, vio que ya casi no había luz, notó que era verano y que atardecía más tarde, que evidentemente su vuelta había sido más larga de lo habitual. Sacó la llave del bolsillo y se le vinieron a la mente todas las personas de las primeras cuadras, cada reacción, eran como siempre pero lo entendía de otra manera, se sentía más claro ese día, se sintió un poco como antes, aunque sabía que aquel ya no estaba. Frenó en la puerta y se detuvo a pensar: no sabía quiénes eran esas personas, qué pensaban, qué decían; sólo podía suponerlo, asumir, pero lo hacía con la convicción de que no se equivocaba. Imaginó que alguno de esos chicos en la bici quizá era él de niño, que ese pibe con la botella en la mano lo miraba de costado por miedo a convertirse en lo que veía, que esa señora que limpiaba la entrada de su casa temía que fuera su hijo y que la que lo saludaba con lástima podía ser su hermana. Pensó todo eso y sus ojos se pusieron vidriosos en el momento exacto en que vio a unos metros, pegada al poste de luz de la vereda de enfrente, una TV de tubo impecable que le pedía a gritos que fuera corriendo a rescatarla.

La vida detrás de las redes

La vida detrás de las redes

¿Qué pasa? ¿Tan importante en tu vida era?

¿Qué? ¿No te dejaba hacer tus cosas tranquilo? No sabía que eras tan influenciable.

¿Estás loquito? ¿Qué te pintó?

¿Qué no podes superar?

Solo algunas de las preguntas al respecto de por qué yo, una persona, creo, socialmente activa, decide inhabilitar, al menos temporalmente, sus redes sociales. Preguntas con razón, o sin razón, eso siempre depende de quién las analice. Decidí tratar de responderlas acá, aunque quizá nadie lea las respuestas, aunque sólo se queden en un Word perdido en algún disco rígido.

Decidí inahabilitar Facebook e Instagram y, como era de esperarse, por la hiperconexión que vivimos y no porque yo sea popular, claro, enseguida cayeron preguntas y cuestionamientos. Todos podemos tomar esta decisión, por supuesto, muchos viven alejados y, sorprendentemente, siguen vivos. Pero al mismo tiempo, muchos ¿decidimos? tenerlas, o eso sentimos. Pero salir del circuito es hasta más difícil que entrar… Por ejemplo: Facebook te deja solo inahibilitarla por una semana, te pregunta por qué lo vas a hacer y no tenés opción de no poner nada, te pone fotos de tus amigos con los que más hablás con la leyenda: “¡¡¡ellos te extrañarán!!!”, y cuando elegís la respuesta de por qué es que te vas te salta una ventana que te sugiere solo cerrar la cesión en vez de inhabilitarla. Instagram es un poco más simple, pero, teniendo en cuenta que es una red creada para teléfonos móbilies, no te deja desactivarla desde uno, sino que lo tenés que hacer desde una compu contestando también los motivos.

“Es solo un entretenimiento más”, “es una herramienta útil”, “sirve para mantenerte en contacto con gente que si no no verías más”, “te ayuda a compartir ideas”. Todo totalmente cierto. “Podría vivir sin eso”, también cierto. Pero no lo hacemos, por el contrario lo elegimos todos los días. Para ser sincero, es algo a lo que estaba tan acostumbrado que lo extraño. Sobre todo los primeros días en los que abrir el celular y no tener cuenta donde ingresar de Facebook, Instragram, Twitter o lo que sea te genera algo así como cuando te quedas sin internet frente a una PC… ¿para qué servía este aparato?

¿Las voy a volver a abrir? Me pregunto a mí mismo. Y lo más probable es que sí. Pero la experiencia de intentarlo es buena, es desafiarse a uno mismo, conocerse y la recomiendo. No vas a conseguir un mejor trabajo y tampoco creo que modifique tu felicidad, pero puede ayudarte a ver las cosas desde otra perspectiva, a volverá usarlas desde otro lugar. Obviamente en las redes todo es alegría, nadie retrata un momento de tristeza o al menos no es lo más común. Y tampoco está mal, pero esta tendencia termina generando, creo, una especie de irrealidad virtual. El mundo que vemos en las redes no es el mundo real, es solo una parte de él y una parte muchas veces modificada, exagerada. Está en cada uno notar esa diferencia y ser consciente de ella aunque creo que se torna cada vez más difícil ante más exposición.  Es también un espacio donde sentimos que somos, donde pertenecemos, un lugar que por momentos sentimos llena ese hueco que todos necesitamos rellenar: el de formar parte de algo. Pero es falaz o al menos lo es si te perdés en la virtualidad y no anclas en lo que está afuera. En mirar por la ventana, en hacer cosas por los que querés, en ver al kiosquero a los ojos, en saludar al colectivero cuando te subís, en preguntarle a un desconocido si está bien…

Luego de un sin redes, debo decir que hice alguna que otra trampa. Por ejemplo, trabajo con las redes y no pude deshabilitar la cuenta de instagram del trabajo, la que manejo yo. Me propuse usarla solo de manera estrictamente laboral, pero más de una vez me encontré despuntando el vicio mirando el timeline o hasta mandando algún mensaje…

A Facebook también tuve que entrar por trabajo, con mi cuenta administro la laboral. Con solo iniciar sesión ya la habilitás. Me propuse no usarlo y lo fui cumpliendo pero volví a estar en la red. Entonces, ¿soy o somos prisioneros de la tecnología? Probablemente esta sea una visión demasiado negativa. ¿Las elegimos? Seguro creamos que sí, pero en realidad pienso que son simplemente una parte más de nuestra actualidad, de nuestra vida y que lo importante es el uso y la importancia que cada uno le atribuya. Ahora, para conocerlo, viene bien probar, salir un rato de dónde estás inmerso, mirar desde afuera y conocer realmente cuál es el rol que tiene en tu vida.

Comentando esto con amigos y conocidos (a algunos les pasé el texto a otros se los expliqué), hubo distintas reacciones. Algunos no coincidieron para nada en que fuera tan importante y aseguraron que lo elegían sin chance a que les haya sido impuesto. Otros se lo replantearon pero hubo una reacción de varios que fue más curiosa: “ey, es verdad, habría que hacerlo y ver qué onda”, “Estoy de acuerdo, voy a tratar”… Quizá solo lo dijeron por cortesía, lo cierto es que todavía, ninguno lo hizo…

Ahora no sé qué hacer con esto, porque no tengo Facebook y además compartirlo ahí sería algo contradictorio, o capaz ya volví y lo hago. ¿Qué se hacía antes? ¿Se enviaba por correo a algún diario? Quizá solo sea para aclarar mis pensamientos pero si lo pasé a una hoja es porqué también pica esa necesidad de compartir, de pertenecer. Por las dudas, si lo estás leyendo, ¡¡¡dale like y no te olvides de compartir!!!

Gotera

Creo que el tiempo es nuestro karma. El tiempo que corre delante nuestro sin que podamos hacer absolutamente nada por detenerlo. A veces huye despavorido, se va sin que siquiera lo notemos hasta que caemos en la cuenta y miramos hacia atrás con cara incrédula: ¿Ya pasó? Otras veces, por el contrario, los segundos corren pesados como una canilla que pierde, sentimos cada gota caer como si nunca fuera a parar ese ritmo cansino, lento, parejo, insoportable.

Ese paso del tiempo ante el cual somos impotentes es lo que aqueja nuestra fugaz existencia precisamente por eso, porque desde que tomamos conciencia sabemos que la misma es terminantemente fugaz. Buscamos trascender de alguna manera, quedar en el recuerdo, ¿de quién? ¿para qué? ¿Por qué no preocuparnos más por lo que hacemos hoy con nosotros mismos? Hoy, no mañana, no volverse loco por lo que va a venir o no. La muerte espera, eso es seguro, ¿Por qué mirarla como a una enemiga? Nuestra cultura nos enseño a verla como algo negativo, como la gran enemiga de la vida cuando en realidad son la misma cosa ya que una sin la otra no puede existir. Tomá consciencia de tu vida, tomá consciencia de tu muerte, hacé lo posible para que cuando tengas que enfrentarla no sea un tragedia. Leí una vez que cuando lloramos por la muerte de alguien no lloramos por esa persona, lloramos en realidad por nosotros mismos, por la falta que nos va a hacer en vida, y porque nos vemos cara a cara con la certeza de que también nos va a suceder, certeza que mientras vivimos tratamos de poner en un rincón oscuro y escondido en nuestra mente para frecuentarlo poco.

No sé exactamente como desprenderme de este miedo impuesto en nuestra cultura, que vive de supersticiones, vidas después de la muerte, reencarnaciones, vidas pasadas y todo tipo de cosas por el estilo. Creo que somos un segundo en una eternidad, una marca casi imperceptible en una línea del tiempo infinita, que tenemos aspiraciones mucho más grandes que nuestras posibilidades y ahí radica el error matricial. Nacemos con un deseo de trascendencia impulsado por el miedo a morir, creamos culturas y religiones (no todas) que solo responden a esos miedos para tratar de aplacarlos, para hacer este paso más sereno, menos tortuoso. Pero, ¿es eso vivir? La vida empieza en tu mente, en tu percepción del mundo que te rodea y en lo que hacés con eso… Y a veces es necesario modificar esas percepciones para vivir diferente.

Una vez sola creí no tenerle miedo a la muerte. Me iba al norte en avión, me había separado  e iba pensando en todo esto al despegar. El avión se movió un poco y decidí ponerme a prueba. ¿Y qué si moría ese día? Hice un repaso rápido: mi relación había sido pasional, conflictiva, la ruptura caótica pero al menos antes de despegar había logrado contarle todo lo que sentía, me había sincerado, me sentí en paz con eso. Pensé haber sido un buen hijo, un buen amigo y meses antes de esta fecha había logrado expresar mis sentimientos mucho mejor de lo que acostumbraba con todos mis seres queridos. Estaba viajando solo, por placer, y con el único objetivo de encontrarme con mis pensamientos. Dije entonces: “sí, estoy bien, podría morir hoy”, con lo cual me relajé bastante. Claro que no lo hubiera elegido, pero por primera vez enfrenté el miedo a la muerte desde otro lado ante la posibilidad de que sucediera.

Vivir es hacer lo que cada uno necesite para sentir, vivir es amar, pensar. Vivir es saber que ahora sos dueño del tiempo, incluso cuando los segundos corren lentos, como una pesada gota de agua de una canilla rota.

 

Sin feedback

Preferimos confirmar que tenemos razón sobre algo que en realidad nos perjudica a todos antes que estar equivocados y que sea para bien. Porque el ego sigue estando por encima del bien colectivo y mientras no logremos cambiarlo vamos a seguir teniendo dirigentes corruptos.
Macri aparece implicado en los Panamá papers y los que lo defienden publican que “él no tenía nada que ver, fue el padre”, afirmando como si tuvieran acceso a oficina de Obama. Otros ponen “y sí, es un empresario millonario, es lógico” (???). Encima es verdad, es lógico que los que más tienen más evadan y afanen…
Los grandes demócratas antigolpistas que desde el día en que asumió este nuevo presidente piden que se vaya y dicen “luchá y vuelve” (vuelve Cristina, claro) están chochos, festejan cada acción que consideran un error y parece que esto tapa lo de La Rosadita, como si el gobierno anterior estuviera limpísimo.
Los medios defienden a quien les paga, el periodismo independiente practicamente no existe, sin embargo, elegimos que medio consumir para siempre tener razón, no para informarnos. Así un K consume Página12, que hoy tiene sus tres notas principales en la edición digital sobre Macri y los Panamá papers, mientras que un macrista abre La Nación, que hoy en su edición web deja el tema para la tercera nota en importancia.
Hay que escuchar cosas insólitas desde los medios, como que Victor Hugo Morales luego de los videos de un grupo de ladrones contando dólares cuando ya estaba instalado el cepo diga “contaban dinero como en la panadería cuentan panes”… No creo que falte mucho para que salga Lanata a decir: “Abrían cuentas offshore en el exterior como en un frigorífico abren chanchos”…

Siete cuadras y pico

Image

Desconfiá de este tipo que va caminando por la vereda de la avenida como si nada.
Es un día nublado, el asfalto de Santa Fe está visiblemente húmedo. Cae, intermitente, una ligera llovizna que de a poco va mojando lo que toca.
El tipo cruza Callao sin prestarle atención a los autos, ni a la gente, ni al semáforo. Camina despacio, no escucha ninguna conversación ni mira a nadie. Por eso te digo Desconfiá. Desconfiá porque está en otra, mira solo cosas, más que nada hacia arriba, las nubes, esa llovizna fina y fresca de julio que le da en la cara y rebota contra un buzo finito como de nylon. Jeans y zapatillas, algo más de 40 años, creo. No parece ni sentir el frío.
No te fíes de él, parece salido de otro planeta. Va con esa sonrisa tonta, ingenua, no entiende nada, pobre. Parece maravillado con la ciudad, con sus edificios, cruza la 9 de Julio y mira para todos lados, gira sobre su eje con pasos lentos, una y otra vez, no tiene prisa. Oye pero no escucha a los apurados que lo insultan por obstruir el paso. Y fueron como dos o tres que le dijeron algo directamente, muchos más los que lo miraron con rabia, puteándolo por dentro.
No vayas a creer que hace lo correcto, si ni sabe dónde está. Ni bola le da a los autos que le tocan bocina porque no apura, lo esquivan y aceleran con todo, pasándole a centímetros. No miró ni un local de ropa, y eso que hay muchos y de los buenos acá, no se interesó en ningún libro, en ningún café, en nada para comer. ¿Sabrá todo lo que se pierde, tiene idea de lo que es la vida? Lo dudo.
Ni siquiera tocó su celular en todo este tiempo, ¿tendrá? Tiene que tener, ¿quién no? Parece un extraterrestre, uno al que depositaron acá en Buenos Aires, con ropa y forma humana pero sin nada nuestro adentro. ¿Será?
Por poco más de siete cuadras lo seguí, en todo ese tiempo este tipo no tocó un celular, no miró un local de ropa, una publicidad, a otra persona, no se enojó, no habló. Solo sonrió, miró el cielo y dejó caer la lluvia sobre si…
Más que nunca desconfiá, porque por poco más de siete cuadras, estoy seguro, este tipo fue libre, este tipo fue feliz.

“No soy solo un escritor de fútbol”

   Marqué el número de teléfono y luego de cuatro tonos de llamada atendió. Me sorprendí un poco y mi respuesta apareció recién después de su segundo “hola”. Eduardo Sacheri es, sin dudas, uno de los escritores del momento y yo, acostumbrado como todo periodista (creo) a tener que remarla bastante para contactar a un entrevistado, agarré el teléfono convencido de que iba a tener que hacer varios intentos. Le expliqué de qué iba la cosa, me dijo que no había problema y me dio día y hora para el encuentro.

  Entré en un café chiquito y sencillo del barrio de Castelar, sobre la calle Arias. Él ya estaba dando una entrevista así que esperé hasta que fue mi turno. Luego de aproximadamente una hora, me fui con la sensación de que tenía muy buen material para trabajar y con la idea de haber tenido  una charla de café de esas que llenan, una de esas cosas gratas que tiene esta profesión. Lo negativo llegó un tiempo más tarde, cuando, por diferentes problemas que no vienen al caso, el proyecto donde iba a publicarse la nota quedó trunco. La entrevista quedó ahí, en stand by, siempre presente en mi mente pero sin avance alguno hasta que no soporté más esa sensación de labor sin terminar, de trabajo mal hecho, y decidí meterle mano.

Entrevista

Image

“No soy solo un escritor de fútbol”

Hablar sobre la redonda lo hizo famoso, es verdad, pero Sacheri va mucho más allá. Incluso cuando en sus relatos la pelota está cerca, no siempre lo que quiere contar tiene que ver con ella. En su última novela, Papeles en el viento, por ejemplo, los protagonistas son tres amigos que tienen que hacer malabares para vender a un mediocre jugador del ascenso, única herencia que el Mono, difunto cuarto integrante del grupo, le dejó a su hija. Y sí, todo parece indicar que el fútbol es lo primordial, pero no. La amistad, el amor, la muerte, Dios, muchos son los temas que se pueden encontrar. “Me joden mucho las etiquetas, me parecen empobrecedoras”, explica. Cabal muestra del título de esta nota es su obra consagratoria, La pregunta de sus ojos, que no tiene nada que ver con la pelota. Claro que el que solo vio la película (El Secreto de sus ojos) puede pensar que sí ya que se agregó una escena importante en cancha de Huracán y dos de los personajes son hinchas de Racing, cosa que más adelante el propio autor explicará.

No hay dudas de que es un tipo exitoso, aunque seguramente le dé algo de pudor que lo definan así. Se nota la humildad en su hablar, en sus maneras, le gusta mostrarse como un tipo común, de barrio, y de hecho lo es. Llama la atención saber que todavía da clases en colegios secundarios de clase media y baja porque eso lo llena, lo hace sentirse útil: “Siento que ahí puedo marcar una diferencia”, explica mientras toma su café y comienza a responder cómo comenzó a meterse en el mundo de literatura:

   -Mi gusto por la escritura es un gusto derivado de la lectura. Desde muy pibe leí mucho, corrí con la enorme ventaja de chico de vivir en una familia en la que se leía mucho. Mi viejo leía, mis hermanos también y siempre había libros en mi casa. Creo que eso me armó una cabeza literaria. Pero escribir fue algo tardío en mi vida. Hay gente que lo hace desde que es muy pequeña, en mi caso no. Arranqué a los 25, 26 años. Empecé a sentir la necesidad de escribir, de inventar cuentos donde mezclara historias inventadas con sentimientos, deseos, frustraciones mías que quería sacar de mí.

   Una especie de catarsis…

   Sacale lo de especie. Je. Pura catarsis,

   ¿Creés que casi todos los escritores lo hacen de esa manera?

   -Sí… pero a veces te encontrás con algunos tan herméticos por algún lado que no lo sé. Pienso en estos creadores de best sellers, como Dan Brown, por ejemplo, que venden millones y millones de libros y no llego a ver la catarsis. Pero a lo mejor existe y soy yo el que está tan lejos de su cabeza, de su cultura, que me quedo afuera.

   Quizá sea que escriben de otra manera, en serie, como un trabajo más…

   -Tal vez. Bueno, para mí ahora es un trabajo pero no ha perdido esa otra cosa de catarsis del comienzo. Yo escribía para guardar todo en un cajón, como te dije antes, tarde, a los 25, 26 años. Antes estudié Historia, me recibí de Profesor, de Licenciado y recién cuando terminé de estudiar comenzó a surgir.

   ¿Y cómo salieron del cajón?

   -Por mi mujer, mis amigos, que comenzaron a hacer una circulación poco menos que ilegal, digo ilegal porque a mí me generaba mucha turbación, mucho pudor esto de que lo que escribía estuviera dando vueltas. Pero su intención era muy benévola, era por esto de “che, me gusta”, y comenzaron a decirme que le mandara a Alejandro Apo los que eran de fútbol porque sabían que a mí me gustaba mucho su programa “Todo con Afecto”. Le llevé tres cuentos, me presenté en la recepción de Radio Continental, los dejé y se dio.

   ¿Cuáles eran?

   -“Me van a tener que disculpar”, “Jugar con una Tango” y ya me olvidé del tercero. Pero después le fui pasando más y se comenzó a hacer más regular el hecho de que iba escribiendo algo con el correr de los meses y se lo mandaba.  Alejandro tuvo un rol fundamental en todo esto, claro, se generó un vínculo con él, los oyentes comenzaron a decir “upa, está bueno, ¿en qué libro está?”, y no estaba en ninguno. “Esperándolo a Tito” es un libro radial, en el sentido de que todos sus cuentos fueron leídos por esa vía antes de ser impresos. Todo eso me allanó tremendamente el camino para comenzar a publicar. Hoy hay más chances para publicar, un blog por ejemplo, en esa época no, era más clásico: publicabas o no, blanco o negro. La radio fue otro camino para mí.

   Casciari, por ejemplo, fue por la vía más moderna, la del blog, como decís…

   -Claro, lo de él fue más autónomo, si se quiere. Armó el blog, se lanzó y la remó en dulce de leche él solo. Es muy bueno, fui al teatro a ver “Más respeto que soy tu madre” y me cagué de la risa.

   Empezaste a escribir de grande, contás, ¿cuánto pasó hasta que empezaste a publicar?

   -Y empecé a escribir por allá por el 96 y recién en el 2000 se publicó “Esperándolo a Tito”, pasaron cuatro años antes del primer libro, 2001 el segundo, 2003 el tercero. Yo seguía dando clase a full todas las mañanas, todas las tardes. En los últimos cuatro ó  cinco años, con el tema de los libros, del cine, comencé a reducir la carga horaria. Hoy doy dos mañanas de clase, lo sigo haciendo y pienso seguir pero menos tiempo que antes.

   ¿Dónde das clase?

   -Estaba en la UBA, en Económicas, daba Historia Económica Mundial, pero este año dejé porque no me daban los tiempos y porque me pareció más útil dar clase en la Escuela Secundaria, no porque no me parezca importante la Universidad, eh, pero creo que hacés otra diferencia en cuanto a lo que le podés dejar al estudiante, me da esa sensación. Doy en una escuela de Ramos, en un barrio de clase media y en Pontevedra, partido de Merlo, en un barrio muy carenciado. Ahí vos sentís que podés marcar una diferencia y eso me parece muy interesante como laburo.

   ¿Tenés o tuviste miedo de que se te encasille como un escritor puramente de fútbol pese a que no lo sos?

   -Sí, sí. No soy solo un escritor de fútbol. Me joden en general las etiquetas, me parecen empobrecedoras. Es como que ponemos etiquetas para sacar del medio toda confusión y ambigüedad y creo que la vida está llena de confusión y ambigüedad. Estoy podrido de escuchar que Fontanarrosa es un escritor de cuentos de fútbol. Es cierto, eh, debe tener cuarenta cuentos de fútbol, pero cuando escucho que alguien lo dice pienso: “y no leíste los otros 200 que no son de fútbol”. El tipo era escritor, Soriano era escritor, si vos leíste los cuentos de fútbol nada más, genial, pero no es todo lo que hicieron.

   Con la película “El Secreto de tus ojos” (basada en el libro “La pregunta de sus ojos) lograste escaparte de esa etiqueta, ¿no?

   -Sí, pero también pasó que la película tiene el famoso plano secuencia en cancha de Huracán, durante un partido, que Campanella ya tenía en su cabeza y me pidió que la incluyéramos. Quién no leyó el libro supone que está eso de fútbol… Pero bueno, también la gente se confunde y cree que en la película Francella es hincha de Racing y no, el hincha de Racing es el escribano y el asesino también, el personaje de Francella no tiene ni idea de fútbol.

   Raro entonces que no metiste a Independiente en la película en lugar del clásico rival…

   Es Racing porque en ese momento Francella dice: “Al escribano le dicen Platón, porque vive de la Academia”… un chiste pelotudo que se le ocurrió a Campanella, que a él le parece fantástico pero no le causa gracia a nadie, je. Y bueno, ahí quedó Racing, jaja.

   ¿Qué consejo les darías a los jóvenes que comienzan o tienen ganas de escribir?

   -El primer, que lean mucho. No podés escribir si no leés. A mí no me gusta ser taxativo pero en este caso, lo soy. Hay mucha gente que cree que escribe bien y escribe muy mal y es por lo general porque no lee. Vos tenés que tener adentro tuyo algo para contar, eso nos puede pasar a todos, pero otra cosa es que tengas las herramientas lingüísticas para contarlo y eso lo ganás leyendo. Tu cabeza necesita material y eso te lo da la lectura. La otra, es que compartas lo que hacés. O sea, que no hagas lo que hacía yo, je, no cajonear. Un taller literario, por ejemplo. Es importante que te atrevas a compartir tus cosas, sobre todo porque eso es lo que te da la pauta de dónde estás parado y sobre todo la opción de corregir, que es otra cosa que hay que hacer mucho. No hay que enamorarse de los textos tal como salen, porque pueden tener virtudes pero seguro, seguro, que son mejorables. No es que los grandes escritores se sentaron de una y cuando levantaron el culo de la silla tenían la mejor novela del mundo, no. Seguro que le dieron cincuenta vueltas, cincuenta millones de correcciones… es así, loco, escribir tiene una dosis de inspiración, de talento y también de laburo y sacrificio. Hay una parte de artesano, de hacer el laburo con paciencia que va por otro lado.

   Esto que me decís se ve en los agradecimientos de “Papeles en el viento”, donde mencionas a tu editora por la paciencia, ¿no?

   -Sí, es que es inevitable. Capaz que si te vas al extremo de la crítica termina siendo peor, porque no publicas nada y te callás para no equivocarte. Pero yo le tengo más miedo a la falta de autocrítica que al exceso.

   ¿Cuál es el proceso con el que creás un texto, de dónde arrancás?

   -Soriano, por ejemplo, enganchaba una primera oración para arrancar un tema y el chavón arrancaba una novela por ahí, sin tener la más puta idea de para dónde iba. Se enamoraba de una oración y ese era su comienzo. Lo leí en un reportaje que le hicieron a él y, además, me da la sensación de que al Gordo le gustaba laburar así. A mí, no me sale eso. A mí, lo que me sale es partir de una situación importante…

Hace una pausa, interrumpe la charla y respira profundo. Escupe el por qué: “Cómo me molesta la gente que grita cuando habla por teléfono”, explica, refiriéndose a una señora que toma café en la mesa de al lado mientras habla, efectivamente a los gritos, por su celular.

   Como los que escuchan música sin auriculares en el colectivo…

   -Uh, sí, para que todos escuchen la de ellos. Mi fantasía es un día sacárselo a alguno y tirárselo al medio de la calle. “Tomá, andá a buscarlo”, jeje. Pero nos fuimos de tema. Te decía que yo parto de una situación, como una foto, en donde se juega algo importante. Si esto me conmueve, guardo esa idea y me voy preguntando por qué me conmueve. Puede ser cualquier cosa: por ejemplo, un chabón con el bolsito al hombro acercándose a un grupo, llegando a jugar, como me pasó con “Esperándolo a Tito”. En “La pregunta de sus ojos” es la imagen de un chabón dándole de morfar a otro que está adentro de una Jaula, en “Papeles en el viento”, tres tipos saliendo de un cementerio. Me pregunto qué me conmueve, qué cosas todavía no veo de esa imagen. En “Aráoz y la verdad” es una jugada donde un tipo va corriendo a otro en un contraataque, el delantero se va solo y el tipo de atrás lo puede hachar y no lo hacha. Se va a meter en el área, le va a meter el gol, el tipo lo marca, lo marca, lo marca y no lo baja nunca. Parto de cosas así, y luego voy generando.

   La amistad siempre está presente, y muchas cuestiones nostálgicas de la niñez y el barrio, en tus textos. Son temas recurrentes que están también en tu última novela.

   -Sí, puede ser. La historia en sí (de “Papeles en el viento”) es toda inventada. Pero se mueven en Castelar, viven acá, es como mi mundo. Los temas son un poco esos, sí. Creo que me gusta llegar a lo profundo a través de las cosas simples, me parece que la vida de todos en la superficie es rutinaria y en el fondo tenemos cosas específicas y decisivas. Me gusta buscar, en esos mundos tan simples de vidas comunes y corrientes, los momentos en que se jueguen cosas decisivas que en el fondo siempre rondan: el amor, la muerte, la esperanza, la soledad… la voy a cagar a trompadas (NDR: lo último lo acota así, sin inmutarse, como si fuera el final natural de la respuesta, pero va referido a la mujer de la mesa de al lado, que sigue en ruidosa conferencia).

   Siguiendo con “Papeles en el viento”, hablás de la muerte de un amigo y cómo lo toma su grupo.

   -En ese caso creo que hay una novela muy masculina en el sentido de cómo los tipos solemos enfrentar los temas que es así como de costadito, jodiendo. Las minas van al fondo y dan vueltas, vueltas, nosotros no aguantamos eso, vamos por el chiste.

  Empecé a leerte porque un amigo me pasó “Una sonrisa exactamente así”. El tipo se levanta una mina contándole una historia de fútbol. ¿Es un lindo chamuyo o es una buena manera de contar una historia real?

   -Esa historia del Maracanazo me parece estupenda por donde la mires, así como pasó. Es tan redonda que no te deja margen para la literatura. Podés hacer una crónica, no literatura y yo decía: “tengo que contar algo con estos uruguayos”. Y no lo encontraba, no lo encontraba. Lo resolví con el flaco que se quiere levantar a la mina, ahí tenía un camino para recorrer, un éxito que lograr. La hazaña de los charrúas pasó a ser el talismán que este chabón tiene pero no es el núcleo.

   -También hablás mucho del periodismo deportivo, desde un lado bastante crítico. ¿Cuál es tu opinión al respecto?

–   Creo que el problema de los periodistas deportivos es que su público por lo general entiende o sabe mucho del tema que tratan. Esto es una genialidad que acabo de pensar, je. Quizá en otros ámbitos el público está más lejos en conocimiento y capacidad de análisis. En deporte muchos están más cerca y ahí se ven más los hilos sueltos. Vos a veces escuchás y te das cuenta con bastante facilidad cuando están vendiendo humo o dándole manija a alguien. O sea, decís, no pueden querer tanto al presidente de tal club, evidentemente tiene que haber algo detrás. O, mirá qué bien que habla de este diputado que está sentado en la tribuna y mirá cómo lo enfocan todo el tiempo. “Dejate de joder, acá tiene que haber guita”, pensás. Pero bueno, no quiero abundar en esto, mejor, je.

   En los agradecimientos de la última novela figura también Sava. ¿Te ayudó?

   -Claro, me vino muy bien. Como en la novela hay un jugador de fútbol tenía que saber más detalles del mundo de los representantes, de las inferiores, de los técnicos, contratos, etc. Necesité ayuda y el Colo sirvió mucho. Nos hicimos muy amigos con él, porque comenzó a leerme y  la verdad que espero que le vaya bien porque es un tipo inteligente y se lo merece.

   Escribís de una manera muy visual, que permite con mucha facilidad que el lector imagine lo que relatás. ¿Creés que puede ser por eso que te llamó Campanella?

   -A lo mejor, sí. Pero creo que también hay un universo  compartido con Campanella. Me parece que en los dos están esos mundos pequeños y próximos que están acá a la vuelta y que pueden albergar grandes historias. No escribimos historias de intriga internacional o temas difíciles o distantes sino que buscamos lo profundo a la vuelta de la esquina y eso es lo que me gusta hacer.

Insignificantes

Image

Se dio vuelta con fuerza y notó que el golpe había sido letal. No había sido su intención, pero tampoco le dolía haberlo hecho. La vio en el suelo, moribunda y por un instante pensó en pedirle perdón, frunció el seño, la observó más de cerca y le regaló un gesto de lástima. La miraba agonizar, creyó que podría tener una famila, amigos, una vida por delante. Sintió culpa, había dejado el libro de cuentos que estaba leyendo y la contemplaba mientras esas pequeñas patitas se movían pidiendo ayuda, luchando aún por su vida, quizá recordando momentos felices. “¿Tendrán memoria? ¿Alguien se preocupará más tarde cuando no regrese a casa?”.

Mientras divagaba otra se acercó, pasó por al lado de la convaleciente y se detuvo solo por un segundo para mirarla de costado, con lástima, antes de seguir su camino con total indiferencia, dejando atrás el inminente cadáver en el que sin dudas había reparado. -“Un gesto inhumano… o paradójicamente humano. Será que no son tan diferentes”. Siguió con la vista a la que se alejaba, todavía al alcance de su brazo. –“Esa estúpida ni se acercó”. Semejante acto de indiferencia y desidia lo llenó de bronca. En un arranque de ira hundió su puño en la arena mandando a la nada a esa desalmada.

Volvió con la primera. Hundió el índice en la arena junto al lecho de muerte para ver si reaccionaba y efectivamente, todavía daba pelea aunque el sacrificio era la mejor opción, no había otra. La levantó para contemplarla en su palma y tomó la decisión jugando y a ser Dios. Estaba hecho, no había más nada para ella, o solo había esa nada. De un instante a otro, mientras realizaba su tarea de todos los días, dejó de existir. –“No son tan diferentes”.

De pronto sintió un cosquilleo en la espalda, una atrevida le trepaba el cuerpo. –“Ya son tres las que no van a volver a casa”.  Otra más apareció en su mano, se dijo a si mismo que esa parecía estar pidiendo la eutanasia, algo con lo que él siempre estuvo de acuerdo, por lo que no le negó el favor. Una gran hilera recorría ahora el borde de la toalla, los ojos se le iluminaron, estaban entregadas, ahí, esperándolo mientras iban y venían haciéndose las ocupadas. Las yemas de sus dedos desataron la masacre.

Cuando terminó el trabajo se acercó al borde del mar. Pensó en la primera, esa que asesinó involuntariamente, sintió lástima. Se acordó de una noticia que había leído por la mañana en el diario, sobre un asesino serial atrapado luego de terminar con unas 15 vidas, quizá más. –“Por ahí la primera fue sin querer, por ahí sintió placer y no pudo contenerse más”.

En el agua lo distrajo el ruido de un pez diminuto al que veía nadando entre sus pies. Sintió deseos de pisarlo pero ni lo intentó, sabía que sería difícil. De repente, su cara se transformó, se puso pálido, transpiró. Una nube negra, gigante y con forma de pulgar apareció en el reflejo del agua justo, justo, encima de él.

Credibilidad 0

¿Qué te dice que lo que te están contando es verdad? Nada. ¿Cómo podés creer en lo que leés, en lo que ves por TV o escuchás? No podés. Todo tenés que analizarlo, mirar de quién viene y con qué intereses anda detrás. Así sea la información más fútil y frívola. Y ya no está bueno que sea así, o nunca estuvo bueno solo que ahora se nota cada vez más, apesta, hiede. Esa sobre-información de la que habla Sartori en su libro Homovidens (y de la que hablan muchos más), eso que cantan Los Cafres cuando dicen que tanta información desinforma es cada vez más real y parece ir en incremento en lugar de que vayamos aprendiendo, buscando solucionarlo.

El periodismo deportivo no está ajeno a esto ni de casualidad. Está igual de inmerso que la mayoría de las ramas de la profesión, todo alimentado por las mentiras, los dejes y manejes y muchas cosas más que suelen encuadrarse dentro de “las reglas del juego (este juego no es deporte)”, como para suavizar. Los jugadores declaran una cosa y luego dicen que ellos no lo dijeron, lo mismo hacen técnicos, dirigentes, árbitros y demás. Los periodistas no estamos afuera de esto, claro, todo lo contrario. Muchos publican notas modificadas a su antojo, titulan sacando de contexto, omiten, no chequean, y demás. Entonces, ¿cómo creerle a alguien? Que cada vez haya más y más medios (programas de radio, señales de TV, páginas web) contribuye a empeorar la calidad informativa y periodística. La competencia, paradójicamente, lejos de nivelar para arriba lo hace para abajo por diversos motivos que van desde el facilismo hasta la livianísima preparación educativa. ¿No digo nada nuevo, no? No. Pero las dos declaraciones que salieron del entorno de San Lorenzo me llevaron a pensar una vez más en este tema que supera el ámbito deportivo. ¿Eh, San Lorenzo? Sí, el Ciclón.

El miércoles 21 el presidente del club de Boedo, Matías Lammens, habló sobre la licencia que se le dio al uruguayo Luis Aguiar por 10 días y desestimó lo que la prensa decía acerca de un conflicto entre el volante y el DT Juan Pizzi. “No sé de dónde surgió el rumor de una discusión. Tiene problemas personales y le dimos esos días para que los pueda resolver. Hay que cuidar la parte humana del jugador”, explicó a Radio 9 (AM 950). No solo descartó problemas sino que se envalentonó a tomar la encrucijada como algo a favor y llenar a su ser de humanidad y comprensión. Hasta acá, entonces, la prensa miente o el dirigente obró “inteligentemente”, para evitar polémicas. Un día después, el DT habló en conferencia de prensa y aseguró: “No vamos a contar más con Aguiar. La decisión se la comenté a la gente encargada del club. Los motivos deben quedar en la intimidad”, aseguró en un tono correcto al igual que el contenido de sus dichos. Claro que dejó bastante mal parado al presidente, pese a que quizá a este ni le importe. Claro está que el reservarse los motivos deja al descubierto un conflicto poco grato para ambas partes, contrariamente a lo que aseguraba el máximo mandatario. Pero la cuestión es dónde quedan los que están del otro lado, los hinchas, las audiencias. Como este hay miles de casos, pasan todas las semanas y ya es habitual que así sea. La repetición parece legitimar por costumbre y nada de esto se condena. Decir y desdecirse comienza a estar bien para muchos, hasta en casos extremos como el de Riquelme, que luego de ir y venir mil veces con sus declaraciones entre volver a Boca o dejar el fútbol tuvo que reconocer que quizá estaba “un poco loco”, desacreditándose a sí mismo y al valor de su palabra.

Jugadores hablan, luego leen su frase en un título y luego la desconocen para enojarse más tarde con quien lo escribió. Y lo difícil es que algunas veces hasta pueden tener razón. Es entonces cuando el escenario comienza a complicarse y se nos empieza a hacer imposible saber quién miente y quien dice la verdad, quien tiene razón y quien se equivoca. Ahí dejamos de creer, nos convertimos en espectadores constantemente desconfiados. La solución debería ser otra, más de fondo, más utópica, lejana. Tendríamos que dejar de hablar tanto de lo que se habla y comenzar a decir sobre lo que se hace y lo que se ve. Usar los ojos antes y más que la boca, mirar más partidos, menos entrenamientos, menos vestuarios, conferencias de prensa. Que ruede la pelota y hablemos mucho sobre ella, sobre cómo la patean y no sobre qué dice la inmensa manada de negocios que la rodea.

Como barras

Hace rato que estamos más divididos que de costumbre. La discusión política ha crecidos mucho en estos últimos años sobretodo en esferas donde antes era mucho menor como en los secundarios y entre jóvenes. El problema es que no creció de manera positiva ni para fomentar un debate del que se puedan sacar cosas positivas porque, como casi todo en este país (y en muchos otros), se hace con lógica futbolera. Se discute como hincha.

Los que están a favor del gobierno y los que no tienen la camiseta puesta, para defenderla a rajatabla sin aceptar razones. Lo malo es que hoy en día parecen existir solo esos dos juegos de camisetas, nadie tiene otra para ponerse. Es sí o es no.

En cualquier reunión familiar, cuando surge el tema siempre hay alguien que se lamenta porque sabe que la cosa viene para largo y puede terminar mal.

Somos barras bravas de la política que ofician desde la palabra y desde las redes sociales, anulando la opinión de ese “rival” que piensa diferente, casi sin escuchar lo que nos dicen del otro lado.

Canta una hinchada, canta la otra, y cada vez que se cruzan no se entiende nada.